Lo único que sabemos con certeza es que la guerra terminará algún día. Hasta que llegue ese día, el pueblo ucraniano seguirá luchando por su patria con el apoyo de la UE, la OTAN y sus socios.
Uno de los principales aspectos psicológicos de la guerra ha sido sacudir a los europeos de su letargo relativamente pacífico: las guerras de agresión por el territorio vuelven a ser una realidad. En consecuencia, los gobiernos europeos han vuelto a hablar de “economías de guerra”. Se han dado cuenta de que producir, mantener y suministrar material militar es un asunto serio: encargar carros de combate no es como encargar y montar una mesa nueva en Ikea. Así que, como no podemos saber cómo acabará la guerra, y no tenemos garantías de que Rusia no aproveche cualquier estancamiento o derrota para reagruparse y volver a invadir, la industria de defensa europea pasará a ser fundamental en los planes para mejorar la defensa y la disuasión europeas.
Sin embargo, la legítima entrada de armas en Ucrania se produce en un momento en que los regímenes de control de armamento y no proliferación están hechos trizas. La guerra de agresión de Rusia ha puesto de manifiesto la brutal realidad de que la soberanía no puede protegerse con cartas y tratados: lo que realmente cuenta son las armas. Esta constatación no puede sino hacer del mundo un lugar más oscuro y premonitorio. Europa debe desprenderse de las proverbiales telarañas estratégicas acumuladas durante las últimas décadas para pensar con más claridad y actuar con más decisión en pro de su defensa.
Politics Exterior, 2023